Al Sabato que no se fue...



La semana pasada, ya extinta, habría sido irrepetible: un modesto genio de la existencia, atestado de incógnitas sin despejar, saturado de angustias, repleto de dudas y desesperanza, habría alcanzado un siglo de vida.

Ernesto Sabato, último representante argentino –no mito, como de forma más que irrisoria o grosera le denominaron algunos periodistas– de las cenizas de aquel boom latinoamericano que ahora es casi historia, nació un 24 de junio de 1911, descendiente de inmigrantes italianos y albaneses, en una época en que el mundo no alcanzaba siquiera aún a vislumbrar la gravedad de los desastres que le deparaban en tan sólo cuestión de un rato y que el colectivismo en su máxima expresión, valiéndose de las ideologías más macabras, se encargaría de nutrir con sus equívocas bases teóricas. Como es natural en los hombres de su estirpe, las reminiscencias de un pasado vislumbrado a través de las vivencias ajenas le diseñaron una vasta cosmovisión y una idiosincrasia basada en la heterogeneidad y la mezcla cultural desde tempranas épocas de su recorrido por las irregulares calles de la vida. Acostumbrado a una convivencia rígida y en algunos casos exasperante, pupilo de un padre implacable aunque valioso, arraigó para sí, de forma acaso involuntaria, conceptos poco ortodoxos acerca de lo que constituía una relación padre-hijo; nociones que jamás le abandonarían, una vez que todo hubiere terminado.

Anclado a su satisfactoria niñez, pero marchando ya sobre los odiosos escalones de la madurez, el joven Sabato dedicó su tiempo a leer con avidez los clásicos rusos –Gogol, Tolstoi, Dostoievsky, Chejov–, al tiempo que desarrolló un admirable talento por las ciencias exactas. Inspirado en sus capacidades más destacadas, ingresa en la Universidad Nacional de La Plata, donde realizó estudios en la Facultad de Ciencias Físico-matemáticas y donde finalmente se doctoró en Física (1938). Allí viviría una etapa significativa, cuyas anécdotas compartirá luego, de forma breve pero amena, en su ensayo Antes del fin, una obra que contiene profundas reflexiones sobre los sucesos de su vida y el impacto que éstos tuvieron en su posterior manera de interpretar la brusca realidad de sus años de lozanía. Es aquella época, valga decirlo, la que le impulsa a vincularse estrechamente con movimientos de izquierda; entre tertulias anarcosocialistas y disertaciones sobre el marxismo, se adhiere a círculos intelectuales revolucionarios que, incluso, llegó a dirigir. No obstante, este romance indómito, típico de la rebeldía y las ideas imperantes en aquel tiempo, acabaría por abrirle los ojos de súbito, acercándole a la contemplación de los gulags y el totalitarismo más sanguinario de la historia.

Tras una retahíla de conflictos consigo mismo, Sabato decide abandonar para siempre la ciencia. Una desgracia le arroparía nuevamente; recurriría a su biblioteca, a la lectura en soledad, a los fantasmas de un pasado impotente, al refugio de los desesperanzados. Su círculo académico le dio la espalda… y, aún así, su paso al frente, aunque brusco y sorpresivo, fue atinado: no habría marcha atrás.

En el retiro de la desolación, en una ciudad empobrecida, sin un centavo en el bolsillo, con la comida a la intemperie, sin agua entubada ni electricidad, escribirá su primer ensayo: Uno y el universo (1945); obra que da inicio a una larga serie de textos en los que profundiza la condición humana en su complejidad, la parte irracional y más ambigua del hombre y el mal que se aproximaba.

Un viaje con pretensiones de adoctrinamiento a la Europa del Este, con una vital escala en Bélgica y Francia, suscitarían una discusión airada que le haría comprender la falacia del “socialismo científico”. El arrepentimiento, entre tristeza, frustración e incertidumbre, le hará retroceder. Y fue en plena crisis existencial, con la tentación del suicidio acechando las horas de una madrugada parisina, “extraviado en un mundo en descomposición, entre restos de ideologías en bancarrota (…) a través de la angustia, en una máquina portátil”, cuando el marxismo, con toda aquella maraña de contradicciones, incongruencias y errores intelectuales, empezó a azotarle la conciencia e inclinarlo más hacia el principio utópico del socialismo proudhoniano y decidió entonces, con lágrimas en sus ojos, redactar la primera y (a mi juicio) más impactante de sus novelas: El Túnel (1948).

Sobre héroes y tumbas (1961), obra fundamental en la literatura argentina, cargada de dosis altísimas de aspectos autóctonos, en la que se incluye la historia paralela de un ser atormentado y de léxico distinguido, con el título Informe sobre ciegos; y Abaddón el exterminador (1974), texto semi-autobiográfico por excelencia y en el que recurre a la narrativa fragmentaria, completarían su trilogía.

El día de su muerte, escribí:

Los hombres como Sabato nunca mueren; por el contrario, vuelven a nacer, contemplados desde una perspectiva más sublime, acaso más íntima, con miles de voces que nunca escucharon y que jamás escucharán, en un vasto círculo de amigos invisibles y mudos pero nunca ciegos. Hoy comienza, amigo Sabato, no tu muerte, sino una vida más interesante que por ahora nosotros gozaremos: tu inmortalidad. Brindemos, pues, como brindarás tú en los estantes de las librerías y las ferias, donde otros inmortales como Borges y compañía, no menos grandes, te esperaban con anhelo. Gracias por formar parte de mi biblioteca y de mis más hondos momentos de reflexión.

Y así, como siempre, Sabato seguirá conversando conmigo cada vez que, como a él en su tiempo, la existencia me flagele…

Ricardo Connett

Juan Pablo Castel: el túnel sin fin (Sabato).



                                 Juan Pablo Castel (El túnel - Ernesto Sabato).


Artista solitario y desolado; hombre poseedor de un carácter complejo que le abarrota, en sus desamparadas horas de actividad introspectiva, de interrogantes que se desplazan al vacío y que le irán agravando paulatinamente; en sus palabras, su cabeza no es más que un pandemónium dentro del cual las ideas se le revuelven como quien añade condimentos disímiles e incompatibles a un caldero que arde en llamas. Haciendo uso de una mente sagaz, empleará todo su ingenio y su capacidad intuitiva para formularse hipótesis sobre cada suceso de su vida. Las paradojas, duras y crueles, harán que su psicología se vuelva cada vez más compleja, produciendo una terrible ambigüedad en sus pensamientos y en sus actos. 

Castel, tipo astuto y a la vez insensato, lucha contra lo absurdo, lo ridículo y lo bizarro de esta vida. Jamás deja de conversar consigo mismo, pero es despiadado en sus cavilaciones; indaga en lo más profundo de su psique, pero no encuentra más que un oscuro y negro túnel que le urge iluminar con algo que, para él, tenga un verdadero significado. Pero no todas las luces iluminan: algunas son tenues y no arrojan sino débiles rayos inservibles y artificiales; de nada sirven tales migajas, casi espejismos. Su soledad, su desilusión ante lo injusto, lo insensible y lo desalmado, su desesperado intento de aferrarse a una esperanza falsa y, finalmente, su trágica resignación, le harán cometer un crimen pasional que quedará grabado en su mente y que nos contará desde los herméticos días de su claustro.

A través de recursos literarios existencialistas, Sabato nos hace un llamado a la reflexión, aunque dejando, claramente, muchas preguntas sin contestar y que se resumen en una: ¿cómo se puede vivir en un mundo que parece una hórrida broma pesada? Sospecho que jamás estaré seguro de la respuesta...

Ricardo Connett

Una muestra de lo absurdo en la literatura: el juicio kafkiano.

                                                          

                                                                                  Josef K. (El Proceso - Kafka)

Donjuán empedernido, hombre en todo lo demás correcto, de distinguidos ademanes y de léxico modestamente sugestivo; dentro de sus virtudes se destacan, además, el amor al trabajo y la perseverancia con que define sus convicciones, sin el más leve titubeo. Nada de esto –el llevar una vida privada y sigilosa, siendo un ciudadano vertical– le servirá, pues de la forma más absurda e inexplicable, es acusado de un crimen que no sólo nunca cometió, sino que es incognoscible: nunca tendrá la más vaga idea de su naturaleza, pese a que es llevado detenido como si se tratase de un vulgar delincuente. Sus anormales vivencias son experimentadas por él con la más serena de las calmas, pues, como todo ser racional podría pensar, habría de tratarse de un ilógico disparate o malentendido. A medida que va dándose cuenta que toda esta utopía al revés es, en efecto, real, se ve acorralado ante la indirecta y disimulada disyuntiva de aceptar que es él un individuo a punto de cumplir una pena impuesta o probar, mediante denuncias propias, su inocencia. Su valor y su espíritu sucumben, finalmente, ante la intransigente irracionalidad y absurdez de un juicio inconcebible, en el que todo parece una trágica comedia que osa burlarse de él de la forma más inhumana posible. “Como a un perro”, dirá, se le castiga.

El amigo Kafka nos plantea una pregunta: ¿será que hacer el bien, en este bizarro y a veces repugnante mundo, acarrea un castigo? Cuántos nos hacemos dicha interrogante, cuán pocos son los que han obtenido una respuesta esperanzadora...



Ricardo Connett

Mi primer invitado: el Meursault de Camus (El Extranjero).



            Meursault (El Extranjero - Albert Camus).


Sujeto rutinario, apático e inexpresivo que no comprende el desasosiego de los intranquilos miembros de la sociedad a la que, en teoría, pertenece. Carente de valores, de sensibilidad y de preocupaciones, observa la vida como quien vive cada instante sin pretender tipo alguno de trascendencia y, como si se tratase de la más ordinaria nimiedad, asesina a un hombre sin motivo. La desidia que le domina le impulsa a contemplar todo con la mayor de las indolencias; ni la ejecución de un homicidio, ni la muerte de su propia madre, ni el amor de su pareja: nada de esto le agobia ni le interesa. Una colectividad de hombres con arbitrarios juicios morales le aliena hasta el punto de hacerle sentir el más absurdo e insignificante de los individuos y vaciarle de todo tipo de principios. Habiendo cometido un execrable crimen –y siendo éste el más grave de los hechos-, la sociedad escandalosa en la que vive se concentra más en castigarle por su manera de afrontar (o evadir) las tragedias más espantosas que por el delito en sí. 

Meursault es, en síntesis, un ser ajeno a su entorno, un outsider, un extranjero en su propio país al que la repulsiva sociedad busca moldear cuando debería, más bien, dejarle en paz. 

Albert Camus nos advierte, con todo esto, el inhumano hombre que se crea a partir de esa complicidad entre lo autoritario y lo negligente.



Ricardo Connett