Josef K. (El Proceso - Kafka)
Donjuán empedernido, hombre en todo lo demás correcto, de distinguidos ademanes y de léxico modestamente sugestivo; dentro de sus virtudes se destacan, además, el amor al trabajo y la perseverancia con que define sus convicciones, sin el más leve titubeo. Nada de esto –el llevar una vida privada y sigilosa, siendo un ciudadano vertical– le servirá, pues de la forma más absurda e inexplicable, es acusado de un crimen que no sólo nunca cometió, sino que es incognoscible: nunca tendrá la más vaga idea de su naturaleza, pese a que es llevado detenido como si se tratase de un vulgar delincuente. Sus anormales vivencias son experimentadas por él con la más serena de las calmas, pues, como todo ser racional podría pensar, habría de tratarse de un ilógico disparate o malentendido. A medida que va dándose cuenta que toda esta utopía al revés es, en efecto, real, se ve acorralado ante la indirecta y disimulada disyuntiva de aceptar que es él un individuo a punto de cumplir una pena impuesta o probar, mediante denuncias propias, su inocencia. Su valor y su espíritu sucumben, finalmente, ante la intransigente irracionalidad y absurdez de un juicio inconcebible, en el que todo parece una trágica comedia que osa burlarse de él de la forma más inhumana posible. “Como a un perro”, dirá, se le castiga.
El amigo Kafka nos plantea una pregunta: ¿será que hacer el bien, en este bizarro y a veces repugnante mundo, acarrea un castigo? Cuántos nos hacemos dicha interrogante, cuán pocos son los que han obtenido una respuesta esperanzadora...
Ricardo Connett
El amigo Kafka nos plantea una pregunta: ¿será que hacer el bien, en este bizarro y a veces repugnante mundo, acarrea un castigo? Cuántos nos hacemos dicha interrogante, cuán pocos son los que han obtenido una respuesta esperanzadora...
Ricardo Connett
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