Paradojal


No siempre es natural lo natural,
Lo indómito, lo previsible.
Algunas veces el silencio habla,
Y el grito, enardecido,  no se escucha.
Ansias hay que no ansían nada,
que buscan, ansiosas, poder ansiar.
Es existir en lo inexistente,
Vivir lo muerto; preguntar,
Inútilmente, lo que se sabe;
Recuperar lo nunca perdido,
Volver a ser lo que no ha sido
Y que nunca más será.
Es olvidar que se ha olvidado
Por no querer olvidar más.


Ricardo Connett (2013)

El silencio




No será, es cierto, más estridente
Que el inquietante ruido de las voces,
La indeseada algarabía, la gente,
Fragores retumbantes y feroces.

Incesante se filtra y con recelo,
Por la hendidura o por la grieta.
Fútil el ímpetu, vano el anhelo
De evadirlo. Tanto agobia, inquieta,

Con su paso tenue y sigiloso,
Que atemoriza y que perdura.
No demora su acecho, azaroso,

Y resignarse puede ser la cura.
Es el silencio que insatisface.
Cuando no cesa, qué ruido hace.

Ricardo Connett (2013).

Hedonismo: el desenfreno y el tardío desencanto. El Dorian de Wilde.



                  Dorian Gray (El retrato de Dorian Gray - Oscar Wilde). 

Bajo el arrebatador efecto de la comodidad aristocrática, Dorian es producto de una fama heredada que suscita habladuría entre los más distinguidos representantes de la cultivada y a la vez frívola nobleza londinense. Su envidiable aspecto, su plena juventud y sus finos ademanes provocan, entre las diferentes gentes, peculiares observaciones. Mozo sin familia aunque con opulencia, es pintado por un reconocido artista de la época que, pese a no tener mayor fortuna, mantiene una franca amistad con él.


Dorian Gray, quien posee el sosegado candor juvenil, será presa del inexorable y malicioso influjo de un hombre –individuo proveniente de esa nobleza veleidosa- que transformará bruscamente su mundo psicológico, sus nociones y conceptos. El más brutal hedonismo transmitido por este persuasivo sujeto –quien emplea un elegantísimo lenguaje, repleto de sarcasmos e inolvidables metáforas-, hará que Dorian caiga inmerso en el mundo de la lujuria, corrompiendo e ignorando así los principios básicos de toda moralidad y teniendo como valor supremo la desenfrenada búsqueda del placer físico y la eterna juventud. 

Mediante paradojas y frases perspicaces que ningún buen lector podría olvidar, los diálogos entre el pintor y el protagonista, entre el protagonista y el influyente noble, y entre el noble y el pintor, exhiben clarísimas actitudes homosexuales, nunca desvinculadas de su interesante y controversial autor. 

Oscar Wilde, con su amplio repertorio verbal, su incomparable originalidad y su atractiva y fina prosa –que considero entre las mejores de la historia-, nos mostrará la frivolidad de un sector de la sociedad inglesa en plena época victoriana.

Ricardo Connett

Variaciones sobre un tema de Heráclito. Por: Mario Benedetti.



No sólo el río es irrepetible.

Tampoco se repiten la lluvia, el fuego, el viento,
las dunas del crepúsculo. 


No sólo el río,
sugirió el fulano. 


Por lo pronto nadie puede, mengana,
contemplarse dos veces 
en tus ojos. 


Mario Benedetti - El amor, las mujeres y la vida (1995).

Biblioteca personal.

                                        
                        Biblioteca personal - Jorge Luis Borges


Pocas palabras, seguramente, podrán emplearse a manera de adjetivos para calificar con una precisión casi quirúrgica al Maestro de maestros, si es que ser semejante puede acaso ser calificado por simples mortales. Entre sublime y fascinante oscilan estos vocablos; sin embargo, se quedan cortos ante su majestuosidad. Cortázar -figura citada, por cierto, en este texto- dijo una vez que sus dioses, todos, estaban en la tierra y eran de carne y hueso. Borges, dios indiscutible de las letras, de la imaginación y de la genialidad infinita, alguna vez estuvo, y, en cierta forma, sigue estando. Deidad que aparece en toda bibliografía culta cuando de literatura se refiere e incluso en muchas otras disciplinas del pensar discursivo: ese es Borges, ese y nada menos, y tal vez mucho más. Todo esto se demuestra en el presente libro: su biblioteca personal.


A manera de libro entero, en el texto se reúne un conjunto de prólogos y comentarios que el Maestro escribió a una selección personal de las muchas obras que marcaron su vida. Imperdible.


"Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer, dije alguna vez. No sé si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector (...) Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. La rosa es sin porqué, dijo Angelus Silesius; siglos después, Whistler declararía: el arte sucede". (Jorge Luis Borges).

Ricardo Connett

Al Sabato que no se fue...



La semana pasada, ya extinta, habría sido irrepetible: un modesto genio de la existencia, atestado de incógnitas sin despejar, saturado de angustias, repleto de dudas y desesperanza, habría alcanzado un siglo de vida.

Ernesto Sabato, último representante argentino –no mito, como de forma más que irrisoria o grosera le denominaron algunos periodistas– de las cenizas de aquel boom latinoamericano que ahora es casi historia, nació un 24 de junio de 1911, descendiente de inmigrantes italianos y albaneses, en una época en que el mundo no alcanzaba siquiera aún a vislumbrar la gravedad de los desastres que le deparaban en tan sólo cuestión de un rato y que el colectivismo en su máxima expresión, valiéndose de las ideologías más macabras, se encargaría de nutrir con sus equívocas bases teóricas. Como es natural en los hombres de su estirpe, las reminiscencias de un pasado vislumbrado a través de las vivencias ajenas le diseñaron una vasta cosmovisión y una idiosincrasia basada en la heterogeneidad y la mezcla cultural desde tempranas épocas de su recorrido por las irregulares calles de la vida. Acostumbrado a una convivencia rígida y en algunos casos exasperante, pupilo de un padre implacable aunque valioso, arraigó para sí, de forma acaso involuntaria, conceptos poco ortodoxos acerca de lo que constituía una relación padre-hijo; nociones que jamás le abandonarían, una vez que todo hubiere terminado.

Anclado a su satisfactoria niñez, pero marchando ya sobre los odiosos escalones de la madurez, el joven Sabato dedicó su tiempo a leer con avidez los clásicos rusos –Gogol, Tolstoi, Dostoievsky, Chejov–, al tiempo que desarrolló un admirable talento por las ciencias exactas. Inspirado en sus capacidades más destacadas, ingresa en la Universidad Nacional de La Plata, donde realizó estudios en la Facultad de Ciencias Físico-matemáticas y donde finalmente se doctoró en Física (1938). Allí viviría una etapa significativa, cuyas anécdotas compartirá luego, de forma breve pero amena, en su ensayo Antes del fin, una obra que contiene profundas reflexiones sobre los sucesos de su vida y el impacto que éstos tuvieron en su posterior manera de interpretar la brusca realidad de sus años de lozanía. Es aquella época, valga decirlo, la que le impulsa a vincularse estrechamente con movimientos de izquierda; entre tertulias anarcosocialistas y disertaciones sobre el marxismo, se adhiere a círculos intelectuales revolucionarios que, incluso, llegó a dirigir. No obstante, este romance indómito, típico de la rebeldía y las ideas imperantes en aquel tiempo, acabaría por abrirle los ojos de súbito, acercándole a la contemplación de los gulags y el totalitarismo más sanguinario de la historia.

Tras una retahíla de conflictos consigo mismo, Sabato decide abandonar para siempre la ciencia. Una desgracia le arroparía nuevamente; recurriría a su biblioteca, a la lectura en soledad, a los fantasmas de un pasado impotente, al refugio de los desesperanzados. Su círculo académico le dio la espalda… y, aún así, su paso al frente, aunque brusco y sorpresivo, fue atinado: no habría marcha atrás.

En el retiro de la desolación, en una ciudad empobrecida, sin un centavo en el bolsillo, con la comida a la intemperie, sin agua entubada ni electricidad, escribirá su primer ensayo: Uno y el universo (1945); obra que da inicio a una larga serie de textos en los que profundiza la condición humana en su complejidad, la parte irracional y más ambigua del hombre y el mal que se aproximaba.

Un viaje con pretensiones de adoctrinamiento a la Europa del Este, con una vital escala en Bélgica y Francia, suscitarían una discusión airada que le haría comprender la falacia del “socialismo científico”. El arrepentimiento, entre tristeza, frustración e incertidumbre, le hará retroceder. Y fue en plena crisis existencial, con la tentación del suicidio acechando las horas de una madrugada parisina, “extraviado en un mundo en descomposición, entre restos de ideologías en bancarrota (…) a través de la angustia, en una máquina portátil”, cuando el marxismo, con toda aquella maraña de contradicciones, incongruencias y errores intelectuales, empezó a azotarle la conciencia e inclinarlo más hacia el principio utópico del socialismo proudhoniano y decidió entonces, con lágrimas en sus ojos, redactar la primera y (a mi juicio) más impactante de sus novelas: El Túnel (1948).

Sobre héroes y tumbas (1961), obra fundamental en la literatura argentina, cargada de dosis altísimas de aspectos autóctonos, en la que se incluye la historia paralela de un ser atormentado y de léxico distinguido, con el título Informe sobre ciegos; y Abaddón el exterminador (1974), texto semi-autobiográfico por excelencia y en el que recurre a la narrativa fragmentaria, completarían su trilogía.

El día de su muerte, escribí:

Los hombres como Sabato nunca mueren; por el contrario, vuelven a nacer, contemplados desde una perspectiva más sublime, acaso más íntima, con miles de voces que nunca escucharon y que jamás escucharán, en un vasto círculo de amigos invisibles y mudos pero nunca ciegos. Hoy comienza, amigo Sabato, no tu muerte, sino una vida más interesante que por ahora nosotros gozaremos: tu inmortalidad. Brindemos, pues, como brindarás tú en los estantes de las librerías y las ferias, donde otros inmortales como Borges y compañía, no menos grandes, te esperaban con anhelo. Gracias por formar parte de mi biblioteca y de mis más hondos momentos de reflexión.

Y así, como siempre, Sabato seguirá conversando conmigo cada vez que, como a él en su tiempo, la existencia me flagele…

Ricardo Connett

Juan Pablo Castel: el túnel sin fin (Sabato).



                                 Juan Pablo Castel (El túnel - Ernesto Sabato).


Artista solitario y desolado; hombre poseedor de un carácter complejo que le abarrota, en sus desamparadas horas de actividad introspectiva, de interrogantes que se desplazan al vacío y que le irán agravando paulatinamente; en sus palabras, su cabeza no es más que un pandemónium dentro del cual las ideas se le revuelven como quien añade condimentos disímiles e incompatibles a un caldero que arde en llamas. Haciendo uso de una mente sagaz, empleará todo su ingenio y su capacidad intuitiva para formularse hipótesis sobre cada suceso de su vida. Las paradojas, duras y crueles, harán que su psicología se vuelva cada vez más compleja, produciendo una terrible ambigüedad en sus pensamientos y en sus actos. 

Castel, tipo astuto y a la vez insensato, lucha contra lo absurdo, lo ridículo y lo bizarro de esta vida. Jamás deja de conversar consigo mismo, pero es despiadado en sus cavilaciones; indaga en lo más profundo de su psique, pero no encuentra más que un oscuro y negro túnel que le urge iluminar con algo que, para él, tenga un verdadero significado. Pero no todas las luces iluminan: algunas son tenues y no arrojan sino débiles rayos inservibles y artificiales; de nada sirven tales migajas, casi espejismos. Su soledad, su desilusión ante lo injusto, lo insensible y lo desalmado, su desesperado intento de aferrarse a una esperanza falsa y, finalmente, su trágica resignación, le harán cometer un crimen pasional que quedará grabado en su mente y que nos contará desde los herméticos días de su claustro.

A través de recursos literarios existencialistas, Sabato nos hace un llamado a la reflexión, aunque dejando, claramente, muchas preguntas sin contestar y que se resumen en una: ¿cómo se puede vivir en un mundo que parece una hórrida broma pesada? Sospecho que jamás estaré seguro de la respuesta...

Ricardo Connett